El día de la ira
MEDEA [Crítica]
Estética melodramática
Desde que tengo uso de razón teatral y cumplo religiosamente con la programación del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida cada año, he visto una docena de versiones de MEDEA; procedentes tanto de los autores clásicos (Eurípides y Séneca) como de los contemporáneos; en teatro, danza y ópera; versionadas y/o dirigidas por Fermín Cabal, Mijalis Kakoyanis, Tomaž Pandur, Vicente Molina Foix, José Carlos Plaza, Andrés Lima o Paco Azorín; llevadas a escena por compañías como el Ballet Nacional de España, Hebei Bangzi Opera Theatre o Atalaya; interpretadas por Maribel Gallardo, Nuria Espert, Blanca Portillo, Ana Belén, Aitana Sánchez-Gijón, Carme Conesa o Ángeles Blancas; y situadas escenográficamente en las más variadas latitudes y épocas, con especial predilección por los ambientes exóticos y los elementos simbólicos; pero ninguna de ellas fue nunca tan (hiper)realista y tan concreta, tan cercana y tan impactante como la que ahora presenta La Machina Teatro.
Para la ocasión, Ikerne Jiménez se inventa un soberbio decorado en perspectiva y un vestuario moderno pero nostálgico (en los que predominan infinitas gradaciones de verde, rojo y amarillo) que recuerdan estéticamente a los melodramas cinematográficos de John M. Stahl, Douglas Sirk y Todd Haynes; mientras que Iñaki Rikarte realiza una versión ajustada a esa evocadora postal y diseña una cañera puesta en escena que remite al gusto teatral centroeuropeo (Polonia, Alemania, Suiza), donde abunda la oferta figurativa en lo formal pero rompedora en lo esencial.
Todo sucede en el dormitorio de Medea, presidido por una gran cama con canapé y cabecero tachuelado, coronada por dos apliques luminosos que flanquean un lienzo de la nave Argo, en la que Jasón partió en busca del vellocino de oro junto a los argonautas. Al fondo, de un lado está la puerta, por la que irá entrando mucha gente pero por la que nunca saldrá la princesa de la Cólquida, y del otro, un armario empotrado que, además de cumplir su función de almacén y vestidor, se convertirá en un escenario pesadillesco y, al final, en la puerta que lleva a ninguna parte. En el lado izquierdo se abre una ventana que da a la calle, junto a la que se ubica un tocador; en el derecho se encuentra la puerta que comunica con el baño, cuyo cristal translúcido permitirá adivinar en adelante lo que sucede allí dentro, y un escritorio sobre el que descansan una radio, un teléfono, una licorera con sus vasos y un abrecartas, elementos que irán cobrando protagonismo según avance la función. Repartidos por el espacio hay sillones y descalzadoras. La acción comienza con la habitación manga por hombro, con Medea intentando evadirse de la realidad bajo el edredón y la sensación de que por allí acaba de pasar un vendaval… cuando menos emocional.
Una perra rabiosa
Según la versión de los hechos que leamos (o veamos), Medea es invocada por los autores como astuta, bárbara, chamana, desgraciada, envenenadora, extranjera, feroz, formidable, hechicera, heroína, incivilizada, indómita, ingeniosa, leona, monstruosa, mujer fatal, narcisista, odiosa, peligrosa, sabia, salvaje, temible, terrible, transgresora, vengadora… En esta nueva MEDEA, la amante despechada es todo eso y mucho más: una perra rabiosa que no parará hasta destrozar a su(s) presa(s). En los momentos previos al desencadenamiento de la tragedia, se le oirá decir: «No soy poca cosa».
Fritz Graf recopila en Medea, the enchantress from afar: remarks on a well-known myth (1997) una tradición horizontal propia de la Antigua Grecia, en donde se podrían diferenciar hasta cinco leyendas específicas acerca del mito según territorios concretos: la versión de la Cólquida, en la que Medea ayuda a Jasón para obtener el vellocino de oro y huye con él, traicionando a su familia; la versión de Yolco, donde Medea ayuda a Jasón para vengarse de Pelias y huyen de las Pelíades; la versión de Corinto, en la que Jasón traiciona a Medea, que, tras sentirse humillada, asesina al rey Creonte, a la princesa Creúsa, amante de Jasón, y a sus propios hijos; la versión de Atenas, donde Medea se refugia con el rey Egeo e intenta asesinar a su hijo secreto, Teseo; y la versión de las Medeas, en la que abandona Atenas y se establece entre las Aroioi en las tierras altas iranias, que se llamaron, a partir de entonces, las Medeas.
En la tragedia de Eurípides, así como en la MEDEA de Rikarte, la trama se desarrolla en Corinto, dando por supuesta toda la peripecia anterior, que solo se menciona de pasada, y permitiendo adivinar apenas parte de las consecuencias que están por venir. Aunque no se respeta la unidad de acción en sentido estricto, el grueso de la acción se desarrolla en una suerte de día de la ira (Dies Irae), a imagen y semejanza del narrado en el himno latino usado en la Misa de Réquiem católica, en el que se apela a la llegada de una jornada terrorífica «en que el mundo se reduzca a cenizas».
Ellos y sus circunstancias
Señalaba el filósofo Denis de Rougemont que «los amores felices no tienen historia». Pensemos en parejas (y casuísticas) tan distintas como Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, Ana Karenina y Vronski, Cyrano de Bergerac y Roxane, Jane Eyre y Rochester, Humbert Humbert y Lolita… Jasón y Medea. Los obstáculos, las frustraciones e, incluso, la muerte, son los ingredientes que convierten aquello que no pasaría de un aburrido idilio en una historia imperecedera, habitualmente con tragedia de por medio.
Cuando Aristóteles estudió la obra de los grandes poetas griegos (con un siglo de distancia), concluyó que Sófocles imaginaba a sus personajes «como debían ser», mientras Eurípides los veía «como eran en realidad». Por ese motivo, Jasón y Medea son héroes míticos retratados en su obra como personas comunes envueltas en circunstancias extraordinarias. Por consiguiente, sus actos nacen de la más absoluta elementalidad de la condición humana aunque sus consecuencias, naturalmente, escapen a la lógica cotidiana.
Por eso, a pesar de que cada (re)escritura mitológica procura (re)situar los argumentos y las reflexiones derivadas de ellos, resulta inútil intentar juzgar con la mirada emponzoñada del siglo XXI los relatos míticos escritos hace dos mil quinientos años, como pretenden algunos. Por decirlo con Ortega y Gasset, Jasón y Medea son ellos y sus circunstancias, y si no las salvan a ellas no se salvan ellos. Por más extrapolaciones que se pretendan realizar, poco (o nada) tienen que ver las particularidades de las fabulosas narraciones de la antigüedad con la coyuntura contemporánea, más allá de un puñado de emociones y sentimientos eternos y universales.
El amor y el odio, a bofetadas
En honor a esta MEDEA de La Machina Teatro conviene destacar que, desde su arranque, provoca un desacostumbrado sobresalto en el espectador. Patricia Cercas se entrega en cuerpo y alma a una mujer secuestrada por su dolor y su orgullo, en la que el amor y el odio se abofetean constantemente hasta arrastrarla a cruzar la frontera de lo imperdonable. La versión de Iñaki Rikarte le regala numerosos parlamentos en los que hace buena «la dilación morbosa de la violencia» de la que hablaba Felipe Pedraza, y eso no hace sino aumentar la tensión del trágico melodrama.
Miguel Meca se enfrenta a ella como un Jasón a medo camino entre el galán de cine clásico y cualquier macho estrambótico escapado del universo de David Lynch. Su parsimonia y su (aparente) indiferencia a la hora de encarar el castigador torbellino que se le viene encima resultan un tanto desconcertantes, pero muy sugestivas. Manuel Menárguez, dando vida a Egeo y a un Mensajero, se muestra como su continuador natural, tanto en la irresistible atracción sentida hacia Medea como en la extrañeza que le producen sus vaivenes emocionales.
A Fernando Madrazo le sientan mejor las ropas informales del Pedagogo acompañante de los hijos de Jasón y Medea que el uniforme militar con el que se transmuta en Creonte. Elena Martinaya interpreta a una Nodriza superada por los acontecimientos, que termina siendo más esclava de su incondicional y cobarde servilismo que del rol social que le asigna el texto. Por último, Ivana Heredia se enfunda (literalmente) la camiseta de Mujer de Corinto, convirtiendo su voz (alzada micrófono en mano, desde el patio de butacas) en una versión reducida y asombrada del coro clásico.








Yo disfruté muchísimo de esta Medea. Ojalá una propuesta así en el escenario del teatro romano.