El fabuloso mundo del (otro) circo
CABARET CIRCUS [Crítica]
El mayor espectáculo del mundo
Como sucede con tantas otras cosas, la imagen que nos hemos creado del circo es una mezcla de lo que nos ha enseñado el cine (mayormente el norteamericano), lo que ha idealizado la televisión y nuestra propia experiencia: en el caso español, el cutrerío de las troupes que hacinaban fieras hambrientas de cariño y cuidados y amasaban cochambre por los arrabales del tardofranquismo y la transición a la democracia.
Nuestra memoria circense (la de los que tenemos cierta edad, se entiende) está construida a base de fragmentos de El circo (1928) de Chaplin; Una tarde en el circo (1939) con los hermanos Marx; El circo (1943), protagonizada por ‘Cantinflas’; El mayor espectáculo del mundo (1952), con James Stewart, Charlton Heston, Dorothy Lamour y Gloria Grahame a las órdenes de Cecil B. DeMille; Noche de circo (1953), dirigida por Ingmar Bergman; Trapecio (1956), protagonizada por Burt Lancaster, Tony Curtis y Gina Lollobrigida; o El fabuloso mundo del circo (1964), con John Wayne, Rita Hayworth y Claudia Cardinale bajo la supervisión de Henry Hathaway.
Pero también de largos ratos frente al televisor mirando a los Payasos de la Tele, que era como agrupábamos popularmente al linaje que incluía a Gaby (Gabriel Aragón), Fofó (Alfonso Aragón) y Miliki (Emilio Aragón padre), a los que se fueron uniendo Fofito (Alfonso Aragón, hijo de Fofó), Milikito (Emilio Aragón, hijo de Miliki) y Rody (Rodolfo Aragón, hijo también de Fofó). Los padres se hicieron populares en las televisiones de Cuba, Puerto Rico y Argentina, donde estuvieron emigrados un cuarto de siglo, hasta su regreso en 1972 con El gran circo de TVE, en el que les sucedieron paulatinamente los hijos.
Y, cómo no, de alguna tarde-noche surrealista y terrorífica sufriendo en vivo y en directo los latigazos de Ángel Cristo, Bárbara Rey y sus subordinados; y de alguna otra fisgoneando por una rendija lo que sucedía en los adentros del ambulante Teatro Chino de Manolita Chen, al que asistían a solas, libertinos y liberados, nuestros padres.
El mundo al revés
El collage resultante de unir todos esos recortes sentimentales oscila, por lo tanto, entre la mole de tres pistas y el barracón de feria; la lona y el barro; las maromas y la paja; el perfume y la peste a boñiga; los caballistas y el domador de tergal y lentejuela; los trapecistas y los tigres famélicos y domesticados; los forzudos y los payasos con el maquillaje corrido; la espectacularidad y el bochorno; la angustia y el miedo; la épica y la comedia; el western y el melodrama.
A pesar de los esfuerzos, el circo no ha conseguido nunca despojarse del sambenito de hermano menor de las artes escénicas a ojos de una amplia mayoría; por mucho empeño que se ponga en destacar la ilusión que despierta, el ensueño que provoca, la maravilla que muestra y la risa que desata, para el común de los mortales el circo siempre será esa impertinencia que aterriza a cada tanto en el extrarradio de las ciudades arrastrando sus estigmas, a la que hay que llevar a los chiquillos como una condenada obligación.
Sostiene (Manuel) Pereira, escritor y periodista cubano, que «el circo es el mundo al revés», el lugar donde encuentran refugio «lo raro, lo extravagante, lo inquietante; aquello que en cierto modo nos desafía». Ante el panorama descrito, de más está decir que el circo es un arte en el pleno sentido de la palabra, con su historia milenaria y su originalidad intrínseca; con su inmarcesible apuesta por el riesgo y su voluntad de transparencia, porque todo lo que en él sucede salta a la vista del público, como subraya Pierre Bost en Le cirque et le music-hall.
Circo íntimo
La referencia hecha más arriba al Teatro Chino de Manolita Chen, incluido (como quien no quiere la cosa) junto a esa retahíla de nombres y estilos circenses que cimentaron la formación como espectador del cronista, no es caprichosa, porque aquel sicalíptico espectáculo (que primero se llamó Circo Chino Chekiang y luego Teatro-Circo Chino) se anunciaba en los papeles como «Compañía de galas orientales. Con 50 artistas internacionales, 15 atracciones, circo y variedades, además de 20 bellísimas bailarinas» y en él convivían en armonía el circo, la revista musical y las variedades, incluyendo sin orden ni concierto maquietistas (imitadores), acróbatas, transformistas, malabaristas, contorsionistas, magos e ilusionistas, recitadores, payasos, humoristas, bailarines, orquestas, vedettes y cantantes.
Aquel batiburrillo, que en el II distrito parisino ochocentista del Théâtre des Variétés habría sido catalogado como espectáculo de variedades, y en el Montmartre del Folies Bergère, Le Chat Noir y el Moulin Rouge que frisaba el siglo XX habrían llamado cabaré, nos lleva directamente hasta el espectáculo que nos ocupa, CABARET CIRCUS, que fusiona en su título los dos géneros híbridos a los que venimos dando vueltas desde el principio de esta reseña: el que alterna números de diverso carácter en locales nocturnos donde se bebe y se baila; y el que combina diversas formas de entretenimiento en un edificio o un recinto cubierto por una carpa, con una o varias pistas en medio, y con los espectadores acomodados en graderíos.
En cualquier caso, debemos aclarar que el montaje que ahora estrena Teatrapo, donde se abrazan la noche y el día, toma del cabaré (casi exclusivamente) el decorado, y del circo los números que se van sucediendo a lo largo de sus cincuenta y cinco minutos; pero de un circo muy alejado de la mayoría de las variantes a las que hasta ahora hemos aludido: teatral, íntimo, simpático, blanco, apto para toda la familia pero con especial querencia por el público infantil, que sintoniza a la perfección con la falta de pretenciosidad de sus promotores.
Admiración comedida
Para el sociólogo suizo Jean Ziegler, el circo es «el último vestigio de un saber antiguo, existencial e iniciático»; y con estas tres cualidades como guía se conducen los cuatro artistas sobre las tablas que en esta ocasión hacen las veces de pista. A falta de fieras salvajes y de caballos galopantes que proporcionen fuertes emociones (como proponía Philip Astley, el jinete fundador del circo moderno en 1768), aquí se opta por la corriente de la admiración comedida promulgada en la segunda mitad del siglo XIX por pioneros como El Gran Blondin (el funámbulo que atravesó las cataratas del Niágara caminando sobre un alambre), Jules Léotard (el inventor del trapecio) o Paul Cinquevalli (el adalid de los malabarismos caballerosos).
Esgrimiendo las dos principales señas de identidad de la compañía, el humor gestual y el lenguaje circense, sus intérpretes se van alternando en este CABARET CIRCUS como acróbatas, contorsionistas, equilibristas, gimnastas, ilusionistas, malabaristas, mimos, payasos, trapecistas y volatineros, sin abandonar en ningún momento la profunda humanidad que caracteriza a los buenos espectáculos de circo.
La apuesta por el clown en todos y cada uno de los personajes es la que consigue acercar sus números de alto voltaje a los espectadores más jóvenes, que (naturalmente) aplauden con más ganas los tropiezos que la destreza, la gracia que la técnica; lo cual no resta mérito a su combinación de salto de la comba con equilibrismo sobre una pelota gigante; su coreografía para trapecio triple; su acumulación de aros de hula-hula girando sobre el tronco; o sus malabarismos con mazas y con pelotas. Que la concatenación de números esté ligeramente ordenada por una dramaturgia con una inquieta maleta como protagonista no aporta gran cosa al desarrollo, pero ayuda a presentar al equipo artístico —Cuca Cantillo, Ilia Miña, Javier Rosado, Javier González (Romero)— y facilita algunas transiciones; contribuye a disfrutar plenamente el fabuloso mundo del (otro) circo.






