Lo que no se olvida
LA REINA DE LAS NIEVES [Crítica]
Érase una vez
«Pues bien, comencemos. Cuando lleguemos al final de este cuento, sabremos algo más de lo que ahora sabemos». De esta manera tan incuestionable arranca La Reina de las Nieves en el volumen que maneja el cronista: la maravillosa edición de Taschen a cargo de Noel Daniel que recoge Los cuentos de los Hermanos Grimm si la abrimos por la cubierta y Los cuentos de Hans Christian Andersen si le damos la vuelta al tocho y empezamos por la contracubierta. Atacando por este flanco, seguimos leyendo la aludida página 86, que continúa con la consabida fórmula «Érase una vez», y añade: «un duende malvado, uno de los peores: el diablo».
Ese es el comienzo de la primera historia, Que trata del espejo y sus añicos, de las siete que incluye la popular narración publicada en la navidad de 1844 por el maestro danés, a la que siguen Un niño y una niña (2ª), El jardín de la mujer que practicaba la magia (3ª), El príncipe y la princesa (4ª), La hija del bandido (5ª), La mujer lapona y la mujer finlandesa (6ª) y Lo que ocurrió en el palacio de la Reina de las Nieves y lo que sucedió después (7ª). La adaptación de LA REINA DE LAS NIEVES a cuyo estreno absoluto asiste el cronista (con la mente de un adulto casi cincuentón, la mirada de una mujer algo más joven —su pareja— y el corazón de un niño de tres años —el hijo de ambos—: tres en uno) guarda bastante fidelidad a esa estructura original, reduciendo sus licencias a algún ligero recorte.
La cosa queda tal que así: el diablillo citado al principio fue el creador de un espejo mágico en el que todo lo bueno reflejado desaparecía y todo lo malo se intensificaba; quiso subirlo al cielo, pero se le cayó y se rompió en millones de fragmentos que se esparcieron por todo el planeta, diseminando la maldad; ajenos a tal perversidad viven Gelda y Kai, dos buenos amigos que pasaron su infancia escuchando historias sobre la Reina de las Nieves, tan persuasivas que Kai creyó verla un día, aunque al hacerse mayor lo niega… hasta niega los cuentos; su amiga se preocupa por las consecuencias de ese descreimiento, ya que todos los cuentos contienen algo de realidad; un aciago día, una esquirla del espejo mágico transportada por un copo se clava en un ojo de Kai, que es raptado por la Reina de las Nieves y llevado a su gélido palacio; ahí comienza el viaje iniciático de Gelda para rescatar a su amigo, en el que cuenta con la ayuda de una hechicera, una pequeña bandolera, una corneja y un reno, que la llevan hasta la prisión de Kai, quien recupera la vitalidad cuando una lágrima de su amiga arrastra el trozo de espejo que cegaba su ojo.
Cuentos para niños y adultos
El traductor de Andersen para Alianza Editorial, Alberto Adell, explica en el prólogo a una inminente (re)edición de La Reina de las Nieves y otros cuentos el proceder del autor: «Bebe en todas las fuentes, propias y ajenas, sin olvidar a sus vecinos más próximos, los románticos alemanes [los Grimm entre ellos], pero todo es trigo para el molino de su imaginación, caprichosa y descaradamente libre. Es esta libertad el aire que respiramos al entrar en el mundo de H. C. Andersen. Todo es posible en él, la risa, las lágrimas, la exageración, hasta lo ridículo, lo cursi».
Abundando en esa línea de autonomía e independencia, Adell detalla de qué forma la explicita el escritor: «El narrador da un ejemplo constante de libertad al llevar cuanto encuentra al caudal de su ficción: la tradición popular, la parábola, el apunte poético, el recuerdo autobiográfico, la sátira contemporánea, la alusión actual, la poesía del álbum, la moraleja, ética o estética, la ironía, la broma, el despropósito, la imagen onírica, todo revuelto, todo fundido por la magia inexplicable del narrador».
Siempre que nos enfrentamos con la narrativa (más o menos) breve del autor de La sirenita, El soldadito de plomo o El patito feo, nos sobreviene lo que parece un eslogan para ganar público: sus cuentos son para niños, sí, pero también para adultos. Lo explica, de nuevo, Alberto Adell: «Es cierto que en la mayor parte de los cuentos de Andersen hay dos niveles, o fondos. Detrás de la pura peripecia, hay una intención o una estructura última, moral o estética. […] Es lo que ocurre en La Reina de las Nieves. Por detrás de los episodios fantásticos o divertidos, corre el grave asunto de la contienda entre razón y emoción, ciencia y experiencia. El tema es tan evidente que no hace falta insistir —la Reina de las Nieves y sus desiertos, helados palacios del intelecto se oponen al amor, la cordialidad, la realidad humilde, imperfecta, si se quiere, de la vida—. Es el dilema entre lo perfecto, pero muerto, y lo imperfecto, pero vivo. Estas oposiciones, estas divisiones entre luz y sombra, éticas unas veces, otras estéticas, se repiten con suma frecuencia en el mundo de Andersen y le prestan una fuerza secreta, un íntimo resplandor y emoción».
La mala del cuento
Dicen las malas lenguas que es la Reina de las Nieves un personaje inspirado en Jenny Lind, la gran soprano sueca que dio calabazas a Andersen cada vez que este le propuso matrimonio —y fueron unas cuantas—, por aquello de la frialdad de su corazón, insistencia que la hizo pasar a la historia como la mala del cuento más serio —su propia vida— del cuentista más trascendental. Probablemente por ese motivo, el escritor se explayó a su antojo en uno de los relatos más largos (y de los más realistas) de toda su producción.
No debemos obviar, tampoco, que nos enfrentamos a una creación alumbrada en los estertores de la Pequeña Edad del Hielo, el enfriamiento generalizado que sufrió Europa desde mediados del siglo XVI hasta bien entrado el siglo XIX: una edad moderna que, especialmente en el norte, discurrió sobre un fondo de nieve y que podría ser definida por un cuadro de Brueghel el Viejo, el Cuento de invierno de Shakespeare o cualquier lied incluido en el Winterreise de Schubert.
Ese ambiente lo conserva la versión contemporánea, teatral y musical que ahora se estrena: un espectáculo que rescata la inocencia y la ternura originales, respetando la esencia del cuento tras realizar un estudio etnográfico sobre el autor. Gelda personifica la redención a través del amor puro, suficiente para derretir un corazón helado, cuestionando el racionalismo imperante en el siglo XIX, cuando la fe fue reemplazada por la razón científica provocando la desconexión del alma humana de los símbolos de su entorno.
En ese sentido, sostenía Andersen que la infancia no es solo una etapa de la vida, sino un estado de pureza, de fe y de sensibilidad que no debía cristalizar en la irrupción de un adulto duro, frío y lógico. El espíritu valiente de unos críos no es ingenuo ni frágil; es una expresión natural de fortaleza y coraje con una capacidad única de crear y amar sin temor a la oscuridad y la frialdad de la vida. La clave de la existencia es crecer conservando ese espíritu amoroso y valiente.
Aunque Disney se inspiró libremente en esta misma historia para narrar las tribulaciones de Elsa de Arendelle y su hermana Anna, no esperen (re)encontrarse con Frozen. Aquí hace mucho más frío, al principio, pero se termina sintiendo un calor mucho más real cuando se imponen los valores más humanos.
Butoh y flamenco de las nieves
No debería sorprender la traslación de un cuento infantil de Andersen al teatro musical, pues su autor fue, antes que nada, actor, cantante y dramaturgo, aunque diversas circunstancias desviaron su rumbo hacia la literatura para niños. En cualquier caso, la componente escénica subyace en sus narraciones y Triana Lorite, la directora de LA REINA DE LAS NIEVES, aprovecha ese regalo para confeccionar una delicada pieza que mezcla música, danza y teatro a conveniencia.
Su puesta en escena es un alarde de sencillez que reduce todos los escenarios de la narración a tres espacios: el que acoge a Gelda y Kai al principio y al final, inspirado por el Sabina que cantaba «Más raro fue aquel verano / que no paró de nevar»; el palacio donde permanecen (como) congelados buena parte de la función la Reina de las Nieves y Kai; y un mamotreto rodante con forma de paralelepípedo vertical que va haciendo las veces de los sucesivos lugares por los que discurre la particular odisea de Gelda.
Asistida por Javier del Arco en las coreografías y estimulada por las límpidas composiciones musicales de David Bueno, Lorite diseña un movimiento escénico sutil y poético que le sienta de maravilla a la fábula, en la que su querencia por la danza butoh y el flamenco se integran magistralmente.
Huichi Chiu aporta una imponente presencia a su Reina de las Nieves, por lo que trae de serie —sus rasgos orientales— pero también por una frialdad trabajada a lo largo de dos intensas décadas de experiencia al más alto nivel. A su merced queda Nacho Zorrilla, que entrega a Kai su inocente apariencia y su claridad vocal.
Irene Camacho es Gelda, la protagonista absoluta de una peripecia vital que le permite explotar su sensibilidad tanto al dialogar como al cantar. La bruja buena que encarna Inma Pérez-Quirós la lleva de la mano por esos mundos de hielo y nieve haciendo gala de un temperamento racial y un tono tutorial que la muchacha agradece.
Críspulo Cabezas es la alegría de la huerta. Sus dos creaciones, la corneja y la pequeña bandolera, se nutren de su vitalidad y su espontaneidad para aliviar el drama. El reno de Gaby del Castillo, más discreto, aporta generosidad al empeño, y se compenetra de maravilla con su compañero de fatigas en sus esbozos de danza contemporánea.
Colorín, colorado
Una de nuestras mejores cuentistas actuales, Cristina Fernández Cubas, explica en una recentísima entrevista que «los buenos cuentos son aquellos que de alguna manera no se olvidan. Aunque no los puedas repetir, hay algo que se te ha quedado». Y eso es lo que pasa con La Reina de las Nieves, un relato en el que no hay ningún personaje tan malvado como para no permitirse un acto de bondad.
De Hans Christian Andersen se ha dicho que fue el primer gran narrador de historias fantásticas, pero también que sus personajes son tremendamente humanos; se ha destacado que su cuentos son «más dulces que el chocolate con nata», pero igualmente modernos, innovadores y frescos. El acomplejado hijo de una lavandera borracha y un zapatero aficionado a la lectura sacó un enorme partido a aquella infancia en la que acompañaba a su abuela al sanatorio de Odense —su ciudad natal—, donde ella cuidaba del jardín y él pegaba el oído a lo que relataban las ancianas allí recluidas mientras hilaban. En una sociedad profundamente supersticiosa, sus historias servían para entretener pero también para transmitir enseñanzas atávicas.
Llegamos al final y no sé si sabemos algo más de lo que sabíamos al principio, aunque confío en que el viaje haya merecido la pena. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.







