Viaje a la desobediencia
REACTOR ANTÍGONA [Crítica]
Borrar fronteras
Con motivo del septuagésimo aniversario del Instituto Internacional del Teatro, en 2018 fueron seleccionados (excepcionalmente) cinco autores (uno por cada región de la UNESCO: África, América, Países Árabes, Asia-Pacífico y Europa) para difundir el mensaje del Día Internacional de la Danza, subrayando el aspecto transcultural e internacional de esta disciplina. En representación del (viejo) Nuevo Mundo la elegida fue la coreógrafa, bailarina y maestra cubana Marianela Boán.
En su mensaje podía leerse: «Quien baila toca al otro más allá de la piel; toca su peso y su olor, derrota las pantallas táctiles y borra las fronteras entre los cuerpos y las naciones»; y añadía: «He vivido en ambos lados de la historia. He visto la pobreza y la riqueza, paisajes y cuerpos alimentados y abusados por el poder. Mi obra excava buscando los cuerpos reales entre los oficialmente permitidos»; para rematar, abundaba en la cuestión: «Danzar es el gran antídoto para la locura de la humanidad. A cada desplazado, refugiado y exiliado del mundo, le digo: tienes un país que va contigo y que nada ni nadie podrá arrebatarte; el país de tu cuerpo».
Esas ideas ampliaban lo expresado en el manifiesto que sostiene su entramado creativo, que comienza recordando: «Soy cubana, nacida en Guatemala. He vivido en Cuba, Estados Unidos, México, República Dominicana y Argelia, donde mi padre periodista murió cubriendo el viaje del Che Guevara a África […]. Ahora, como nunca, mi país es mi cuerpo».
Danza contaminada
Boán, que actualmente reside en República Dominicana, es la vanguardista creadora de lo que se dio en llamar «danza contaminada», un concepto que se explica por sí mismo en función de su origen geopolítico: «La cultura caribeña es mezcla, apertura, eclecticismo y capacidad de asimilación de lo ajeno. La idea de contaminación me permite hacer convivir con el movimiento, en el espectáculo coreográfico, infinitos códigos provenientes de otros mundos (palabra, canto, teatro, gesto, postura, folklore, humor, moda, vídeo, objetos…)».
Tras más de medio siglo formando y creando, con decenas de coreografías mostradas en otras tantas decenas de países, y con un puñado de compañías impulsadas que llevan su sello pero no su nombre, ahora retoma con su propia empresa, con su propia firma, un mito al que se aproximó por primera vez hace tres décadas en una Habana bullente, como coreógrafa y como bailarina: Antígona. Hasta ese momento y ese lugar en el que las artes escénicas más ideologizadas se resistían a pasar la página del siglo XX hay que viajar para buscar el origen de REACTOR ANTÍGONA, estrenado en el centro cultural Casa de Teatro de Santo Domingo el pasado 15 de mayo, que viene de Ecuador y más tarde irá a México.
La tercera acepción de «reactor» recogida en el Diccionario de la lengua española lo define como «recipiente diseñado para que en su interior se produzcan reacciones químicas o biológicas», y eso parece exactamente este montaje sucinto y sugerente: un receptáculo concebido para contener la transformación de sus compuestos mediante una potente descarga de energía, donde los bailarines actúan como reactantes y los espectadores son quienes experimentan un proceso evolutivo del que salen inevitablemente conmovidos.
Grito sordo
Se hace raro ver una Antígona sin Creonte enfrente, que es lo mismo que decir sin la amenaza del imperio de la ley, porque ante esta ausencia el grito de su desobediencia civil queda algo sordo. En este viaje solo la acompañan su padre, Edipo, y su hermano Polinices, por lo que se siente atrapada en la dictadura del parentesco, conviviendo con su dictador interno, sucumbiendo a la (supuesta) virtud femenina de la sumisión, al sacrificio instaurado como un hábito cotidiano hasta el límite de la autoinmolación y la muerte.
En su deambular, pongamos que atravesando la selva del Darién (entre Colombia y Panamá) o el río Grande (frontera natural entre México y los Estados Unidos), que son los corredores más peligrosos para los migrantes de la América inferior, les acompañan algunos orishas del panteón yoruba: Elegguá, para abrir los caminos; Oyá, para anunciar la muerte. Los dioses griegos del original sofocleo quedan a trasmano del Caribe.
Los tres labdácidas cargan con los pesados bultos del odio irracional y tratan de esconderse entre las hojas secas de la esperanza: una cuidadora rebelde (Daymé del Toro), un ciego desorientado (Rafael S. Morla) y un violento boxeador (Samuel Manzueta) bailan (aunque no únicamente) al son de ritmos afrocaribeños fundiendo con maestría deporte y santería, acción y ritualidad.
Duda eterna
Tradicionalmente, las interpretaciones de la Antígona de Sófocles y sus innumerables (re)escrituras suelen analizar el conflicto trágico en términos dicotómicos: individuo-comunidad; privado-público; masculino-femenino; familiar-político. Pero también hay quien sostiene que existe la posibilidad de que tanto Creonte (apelando al orden normativo) como su sobrina (defendiendo a ultranza el derecho natural) tengan razón. Ya lo dijo Iris Murdoch en La salvación por las palabras: «Una gran tragedia nos deja con la duda eterna».
REACTOR ANTÍGONA no viene a resolver dicha cuestión. Sin embargo, parece lanzado para responder a las preguntas que se hacía el filósofo Slavoj Žižek en su abordaje del mito: ¿Es Antígona el altavoz de los oprimidos o una fundamentalista? ¿Qué posición tomaría ante la crisis de los refugiados? Basta recordar, una vez más, lo que defiende la creadora de este espectáculo: «A cada desplazado, refugiado y exiliado del mundo, le digo: tienes un país que va contigo y que nada ni nadie podrá arrebatarte; el país de tu cuerpo». O sea: somos libres, al menos, en la medida en que somos únicos.







